«Hay que plantear las cosas que parecen imposibles si queremos progresar» (lahaine.org)

x Fermin Munarriz

Lucio Urtubia analiza en esta entrevista su trayectoria de lucha, pero también otras cuestiones relacionadas con el poder y la necesidad de la anarquía.

Albañil jubilado. De niño perdió el respeto a toda autoridad. Su vida es una sucesión de contrabando, atracos, militancia clandestina, refugio de perseguidos y falsificación de moneda y de documentos para ayudar a causas revolucionarias. Elucubró hundir Estados Unidos. Organizó una estafa multimillonaria a uno de los principales bancos del mundo. Le han perseguido policías de distintos países y ha conocido la cárcel. Es anarquista. Aboga por la responsabilidad de las personas. Se dice rico, le dicen irreductible.

Tiene usted 79 años pero sus charlas se llenan de jóvenes…

Sí, porque las ideas que vehiculo son necesarias y a la gente le gusta lo que digo. Es fácil cambiar de gobierno, pero ya sabemos desgraciadamente a dónde nos conduce. La solución no viene de los gobiernos, vendrá de nosotros mismos, siendo responsables, sin creer en iglesias, ni en partidos ni en gobiernos…

Estamos en una grave crisis: crece el paro, el capitalismo se hace cada vez más salvaje, pero la clase obrera parece contemplar la situación… ¿Qué pasa?

Tenemos muchos más medios que antes, incluso tenemos más libertad pero deberíamos insistir en esa idea necesaria que es la de responsabilidad. Para mí, es perder el respeto a lo que hay que perderlo. Hay que perder el respeto a esos jerifaltes imbéciles que cuanto más tienen más quieren, que no saben más que acumular medios económicos pero no saben utilizarlos.

¿Por qué razón un joven de hoy debería implicarse en la lucha contra el sistema?

Porque es necesario. La vida no es sólo el pan. El ser humano es lo que es por lo que hace. Y la gente joven debe saber que no se trata solamente de trabajar, se trata también de vivir, de compartir, de crear.

¿Cómo era usted de niño?

Desde niño era revoltoso y me solían poner multas de cinco pesetas. Mi madre no podía pagarlas y entonces me llevaban castigado a plantar árboles o a la cárcel de Tudela. Ésa fue mi suerte porque no tuve que hacer ningún esfuerzo para perder el respeto a todo lo establecido. Por eso los pobres tenemos una riqueza si sabemos utilizarla. Tenemos el derecho de perder el respeto a esta sociedad idiota. Yo no estoy en contra de las riquezas o de la inteligencia, estoy en contra de la mala utilización.

Desde adolescente ha conocido calabozos, cuartelillos, cárceles… ¿Recuerda cuántas veces ha estado detenido o preso?

Pues siendo jovencillo he hecho… la cárcel de Cascante, que era un granero, la de Tudela, que era ya una cárcel de profesionales, la de Bera de Bidasoa y la de Pamplona. Después, en Francia, he estado en cuatro o cinco cárceles también, pero para mí eso es mi riqueza. Si yo tuviese que comenzar mi vida nuevamente la empezaría igual.

¿Cómo fue su primer contacto con el anarquismo?

Mi primer contacto fue en Francia, cuando yo llegué como desertor. Pero para entonces ya tenía una pequeña experiencia. En Valcarlos [Luzaide] yo había trabajado en el contrabando. Y yo digo que todos los contrabandistas eran anarquistas porque era gente que había perdido el respeto a la autoridad. La Guardia Civil nos vigilaba pero nosotros también les vigilábamos a ellos para contrabandear…

Y en París comenzó una vida de militancia en el anarquismo…

Al principio hacíamos las expropiaciones [asaltos a bancos a mano armada] porque no teníamos más remedio. Nosotros no hemos tenido ni ministros, ni diputados, ni industriales que nos hayan ayudado. Los anarquistas hacíamos las expropiaciones como podíamos, pero yo no considero héroe a aquel que pone la metralleta, como yo lo hacía, inconscientemente. Le ponías la metralleta a un empleado de un banco porque te daba el dinero, de acuerdo, pero para mí no es heroísmo, no teníamos más remedio que hacerlo. Cuando descubrimos que podíamos hacer otras cosas a través de las falsificaciones, respiré porque yo no maté a nadie pero podía haber muerto o podían haberme matado. Era peligroso.

¿Qué es para usted el heroísmo hoy día?

Para mí, el heroísmo hoy es estar en desacuerdo con esta sociedad de jerifaltes imbéciles, que no merecen ningún respeto, porque hace falta ser imbéciles para tener los medios que hay y no saber utilizarlos. Ya habéis visto cómo Europa tiembla después de los hechos de Grecia porque no hay más remedio en esta sociedad, en ciertos momentos, que perder el respeto e incluso emplear la violencia. Desgraciadamente no hay más remedio que emplearla. El temor a Grecia es por esos grupos de anarquistas; no hace falta ser millones. Tiemblan porque la sociedad es muy frágil.

En París conoció a Quico Sabaté [mítico anarquista y maquis catalán], comenzó los atracos en bancos, la propaganda clandestina, las falsificaciones… Coincidió también con el triunfo de la Revolución cubana y les propuso inundar el mundo de dólares falsos para hundir Estados Unidos. Apuntaba alto, señor Urtubia…

Lo que he hecho en mi vida es porque soy muy inocente. Incluso hoy, con la edad que tengo, creo que la sociedad se puede cambiar, pero hay que luchar.

Conocí a la embajadora de Cuba en París, la señora Rosa Simeón, de origen navarro. Llegamos a tenernos un gran cariño, ella había sido universitaria y no había visto guajiros [campesinos cubanos] ni gente como yo, que le hablara con pasión de la Revolución española, de los anarquistas españoles. Cierto día me invitó a cenar y le enseñé dos billetes de dolar. Le dije: «Tenemos la posibilidad de arruinar a los Estados Unidos». Ella no comprendía. Le di los dos billetes, los miraba y no llegaba a comprender. Cuando le dije que eran falsos se entusiasmó y luego hizo lo necesario para presentarme al Che Guevara [entonces ministro de Industria de Cuba]. Nos vimos en el aeropuerto de Orly y le expliqué el plan. Al poco tiempo me respondieron que no.

La idea original no prosperó entonces, pero usted la retomó de otra manera años más tarde, falsificando cheques de viaje. A la segunda fue la vencida…

Sí, y antes… Descubrimos las posibilidades de engañar a los adversarios y de expropiarles. Por ejemplo, con documentos españoles falsos podíamos abrir cuentas, alquilar coches, pisos… También nos hacíamos pagar ciertos salarios de algún gobierno. Falsificamos cantidad de documentos administrativos de Alemania, de Bélgica, de Holanda, de Francia, de todos los sitios… Después vimos que la falsificación de los cheques de viaje de bancos españoles era facilísima, pero nos interesaba uno que pagara mundialmente. Y descubrimos el City Bank. Antes de eso hacíamos dólares porque eran más fácil de fabricar que ciertos trabajos. El dólar era facilísimo, teníamos todo. Pero por medio de unos abogados nos informamos de que si nos cogían con los dólares íbamos a pagar con veinte años de cárcel. Entonces renunciamos a los dólares para fabricar el cheque de viaje del First National City Bank. Y dimos el golpe.

Falsificaron documentos, ayudaron a grupos revolucionarios, refugiaron a gente… ¿Para cuántos movimientos de países diferentes trabajaron?

Para muchos… Hace poco fui a Uruguay. Entre anarcos y tupamaros han hecho un libro y me han consagrado la mitad; se titula «Estafar un banco, qué placer». En una charla, un hombre mayor que yo tomó la palabra y dijo «Lucio, te doy las gracias en nombre de los tupamaros y de los anarquistas uruguayos por todo lo que hiciste por nosotros». Yo les ayudé, pero ellos también trabajan participando en las recuperaciones….

Cuando estuve en Estocolmo, también… ¿Y otros? Pues toda clase de países… Italianos, argelinos, argentinos, mexicanos… Estoy muy orgulloso de la gente de mi tierra. He ayudado a muchos. Me alegro cuando vienen de cualquier país a mi casa, pero cuando viene la gente de mi tierra… ya sea de Guipúzcoa, de Vizcaya, de Navarra, para mí es mi tierra -aun sin ser nacionalista-, pero yo estoy muy atado a Navarra, aunque la gente cree que no porque la critico mucho, pero es porque la quiero.

Ayudó también a movimientos que no eran libertarios, de corrientes con las que, incluso, discrepaba políticamente…

Soy libertario y estoy en contra de la cárcel. Eso no quiere decir que tengo la solución, pero lo que pueda hacer en contra de la cárcel lo haré. Mi solidaridad va para todo aquel que está en la cárcel. Es fácil encerrar a la gente sin solucionar los problemas. Para mí, que sean vascos, uruguayos, argelinos, franceses… yo cuando puedo ayudar a alguien lo hago porque además me parece lógico ayudar al pobre.

Durante años la Policía estuvo detrás de usted y no podía creer que aquello que investigaba lo hubiera hecho un albañil. ¿El trabajo era la coartada perfecta?

Soy albañil pero he sabido rodearme bien, no sé si por egoísmo o por interés. Yo no frecuento a la gente que no hace nada, la gente boba. Me he rodeado siempre con gente que hace. Por ejemplo, yo no soy el impresor, yo no soy el artista, pero me rodeaba de gente de fotograbado, de imprenta… La virtud o la inteligencia que tuve fue rodearme de gente que me ayudaba. También he tenido mucha habilidad a nivel de reflejos… Hay gente que aunque tenga un regimiento detrás no lo ve. Yo en ese aspecto he tenido la virtud de ver y de saber guardar y guardarme. También supe esconder y almacenar las cosas. Jamás cayó nadie por mi culpa.

Hace un tiempo algunas personas, probablemente, deseaban fusilarle. Hoy, en cambio, es reclamado en muchos sitios…

Hay veces que me acaloro y casi me avergüenzo. Cuando me dieron el premio «Ni dios ni amo» en Francia, me hicieron un simulacro de juicio y el presidente del tribunal me preguntó si tenía algo que decir. Contesté: «Yo soy lo que ustedes han hecho de mí. Nada me pertenece». Mi riqueza es que la gente venga a mi casa. Un muerto de hambre como yo tiene la puerta de su casa abierta y semanalmente pasan más de cien personas. Para mí, ésa es la riqueza.

Visita a menudo su Ribera natal. ¿Ha desaparecido definitivamente el caciquismo que conoció en su juventud?

No, no, no ha desaparecido. No es lo que era, aquella brutalidad, aquel horror que viví siendo niño, aquella iglesia… Por ejemplo, en Cascante había doce ricos que tenían todos los campos de cultivo del pueblo. Había también doce curas. Yo no tengo odio a nadie pero no quiero olvidar ni puedo olvidar lo que viví en aquella época. Aquel clero nuestro de Navarra fue el culpable. Se acojonó y se sirvió de carlistas, todos con nombres vascos ¡eh! -no por ser vasco se es revolucionario-. En la Ribera de Navarra la mayor parte eran campesinos y muchos estaban sindicados a la UGT y a la CNT, pero no eran ni antirreligiosos. La Iglesia se acojonó creyendo que la Ribera se podía contagiar. Como La Rioja era libertaria -la mayor parte era de CNT- y sobre todo Aragón, pues el clero se dijo: «No les podemos dejar más, hay que terminar con ellos lo antes posible». Ejecutaron a tres mil y pico trabajadores y campesinos que no habían hecho nada a nadie.

¿La memoria es un antídoto contra el totalitarismo?

Sí, la memoria es necesaria. Yo no tengo odio pero no olvido, no quiero olvidar, ni perdono tampoco.

De todas formas, según cómo se cuentan las cosas, hay modos de esconder la verdad. La realidad de lo que ocurrió en nuestra tierra era el miedo que tenían la Falange, el carlismo y la Iglesia a la contaminación del anarquismo. Los libertarios sufrieron muchísimo con la República. No hay que olvidar que Azaña decía «tiros en la barriga» cuando ocupaban las tierras. Sabemos que había 35.000 anarquistas en la cárcel y que, aunque la República no supo comportarse bien con los anarquistas, son éstos los que la salvaron, se quiera o no.

Francia también se comportó muy mal con los anarquistas y los republicanos. Después de sufrir tantísimo en los campos de concentración y de ver cómo expulsaban a España a cantidad de compañeros, esos mismos republicanos -la mayor parte anarquistas- liberaron la mitad del territorio francés. Lo dijo el propio coronel Tanguy [comunista, uno de los dirigente de la Resistencia francesa]. La mayor parte eran anarquistas que, aun con todos los inconvenientes, defendían la República.

¿Confía usted en alguna forma de gobierno?

No. Yo sólo confío en el poder de los hombres que son responsables. Hasta el día de hoy, desgraciadamente, ningún poder en la historia ha sido respetable. Todos los gobiernos son criminales; es Maquiavelo quien lo dice: no se puede gobernar sin crimen. Mientras no nos responsabilicemos, no cambiaremos nada. Louise Michel [anarquista francesa del siglo XIX, símbolo de la Comuna de París] decía: «Todo poder corrompe, por eso soy anarquista». Vemos cómo ha caído la gente, sea Fidel Castro o sea Stalin mismo, que al principio asaltó bancos, incluso, para hacer cosas, era un idealista. Y sin embargo, fíjate dónde terminó. Eso es el poder. El poder son los cheguevaras -con toda la simpatía que podemos tenerle a nivel de rectitud pero no en otros aspectos-. Y si es Fidel, ya sabemos lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo en Cuba…

¿Tampoco confía en los actuales movimientos de izquierda?

Sí, confío en los movimientos. Ahora, abrazo a su gente pero cuando sean ministros no la abrazaré porque llegarán a ser como los otros ministros.

¿Qué le parecen los sindicatos?

Muy malos, porque no hay chispa, están hipotecados. Lo único que preconizan es conseguir un pequeño aumento de salario, pero por ahí no vamos a ningún sitio. Lo que necesitamos es la fuerza de la anarquía. Por ejemplo, hay cantidad de pequeñas empresas que tendrían que ser puestas en autogestión y responsabilizar a la gente. Las cooperativas, por ejemplo, son una buena cosa, pero no la cooperativa de Mondragón, sino las pequeñas, como antes: nueve o diez obreros, pero todos trabajadores y todos responsables.

Sí es usted partidario de cierto tipo de organización…

Sí, claro, la organización es necesaria, pero no la que nos imponen. Por ejemplo, a la gente le choca que estoy a favor de la independencia de los pequeños países. Yo estoy a favor de que el País Vasco sea independiente. No estoy por ciertas actividades o ciertas cosas, pero por que sea independiente, sí. Y si un día Tudela quiere ser independiente de Pamplona, lo apoyaré. Estoy por los pequeños países. Yo no estoy por China, que es un desastre, América, Rusia… porque el que más tiene más quiere. Por ahí no vamos a ningún sitio. Cuando Tudela sea responsable, las personas serán responsables. ¿Qué coño sabe la gente de San Sebastián de lo que ocurre en Tudela? -Lo digo con todo el cariño-. Y eso es lo que tenemos que decir, y estar orgullosos de lo que pensamos y de los que somos. Qué cosa más normal que un navarro sea navarro, qué cosa más normal que un vasco sea vasco. Dadle las vueltas que queráis. Yo creo que hemos cometido ciertos errores…

¿Cuáles, por ejemplo?

A nivel de concentración y de ciertos poderes que no corresponden. El vasco es vasco y déjale que sea vasco. No le impongas nada, no le hagas andar por donde no… El vasco tiene que ser y ha sido responsable, y no hacen falta jerifaltes ni matones ni guardias… El vasco es vasco; todo el mundo lo sabe.

¿Qué es la riqueza para usted?

Para mí la riqueza es la conformidad, no ser celoso, no tener envidias, conformarse con lo que uno es, llegar a 79 años y respirar cierto calor de la gente. Yo le doy muchísima importancia a mi vida hoy, a lo mejor porque he sido un muerto de hambre, porque he sido deportado, encerrado, calumniado… Pero miro a la gente a los ojos, de frente. Si tuviese que empezar mi vida, la comenzaría como la he vivido desde el primer momento. Sería igual. ¿Qué más quieres que sea? ¿Os dais cuenta de que fui muy poco a la escuela y hoy voy a la Sorbona, a Brighton, a Oxford, a Salamanca, a Granada, a las grandes universidades? Para mí ésa es la riqueza.

¿Cómo hacer ver la utopía a quien no la ve?

No sé, porque cada ser es distinto. Nadie es más que nadie. Eso también tenemos que inculcarlo. Hay gente que es creadora, que con poco es capaz de hacer mucho, y hay otra gente que con mucho no hace nada. Para mí, la utopía no existe, lo imposible no existe. Cualquiera de nosotros, cuando analizamos nuestra vida, decimos «joder, cómo éramos en tal época», y la primera palabra que nos viene a la boca es «imposible». Y sin embargo, lo hemos vivido. Todos hemos vivido y vivimos la utopía. Lo que pasa es que nos dormimos en ciertas cosas. Para mí lo que cuenta es el hacer: es lo que es por lo que hace. No hay nada imposible porque todos hemos vivido lo imposible. Además, creo que hay que plantear las cosas que parecen imposibles si queremos progresar.

Gara

Podeis leer la entrevista en lahaine

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